
Amanecer Contaminado
Él era el más viejo y el más sabio de todos los árboles. Sus ramas eran increíblemente enormes, largas y vigorosas; y se extendían por los aires, formando un inmenso y oscuro laberinto en su copa. Esta última era tan pero tan grande que los rayos del sol nunca podían entrar, dejando para el que lo atraviese, la sensación de que ya había caído la noche. Por ese motivo, este árbol se ganó el nombre de “La Sombra Del Bosque”. Aunque por simple pereza de la naturaleza, sólo lo llamaban “Negro” o “La Sombra”.
Este árbol –como ya dije antes- era el más sabio y el más viejo del bosque. Pero esas no eran sus únicas virtudes (pues, para un árbol ser viejo es una ventaja) sino que además poseía el don de poder comunicarse con los niños -sólo con los niños, aclaro- ya que gracias a una experiencia en su juventud sirvió para que, este árbol, aprendiese el idioma de los niños. Y fue de pura casualidad. O mejor dicho, fue sin querer queriendo.
Un día, hace mucho pero mucho tiempo, cuando “La Sombra Del Bosque” era joven y no- todavía- “el más sabio y el más viejo” del bosque; un encuentro se produjo entre él y un niño. Éste último había venido a las corridas y no vio una de las raíces del árbol que se levantaban en la tierra. Se tropezó y enseguida se echó a llorar.
Su llanto despertó al árbol –y a medio bosque-, quienes por primera vez eran participes de la visita de un niño ¡Sí! ¡Así es! Aunque ustedes no lo crean, el bosque entero- incluyendo a sus animales- jamás habían visto a un chico; sí a cazadores y a escopetas, pero no a un niño.
El chiquito, entre gritos y sollozos, observó detenidamente la oscuridad del bosque –con unos ojos saltones que asustaban hasta la más extravagante lechuza-.
-¡Valla que me alejé del tío Poe! ¡Cuando salí había un sol radiante! ¡Y mira! ¡Ya se puso la noche!- dijo el niño. No sé si era costumbre de los lugareños de aquellas zonas, o simple particularidad del chico; pero siempre contaba sus historias en voz alta.
El encuentro se repitió al día siguiente, y al otro. Ya para la tercera ocasión, el niño ya se había percatado de la singularidad de aquel árbol.
-¡Oye tú! ¡Hoy no me engañarás! ¡Acabo de correr desde lo del tío Poe y sólo queda a treinta minutos de aquí! ¡La tarde tendría que seguir puesta en el cielo infinito! ¡Así que haz aparecer la luz!- su voz era chillona, pero dulce e inocente. Por supuesto, el árbol no respondió. Sólo lo observó y escuchó su monólogo- ¿Sol? ¡¿Dónde te has metido sol?! ¡Primavera! ¡Aparécete ya por estos lados, que este árbol del bosque me está jugando una mentira!
El niño se empecinó tanto en demostrar que él tenía razón y no el árbol, que regresó todos los días –durante varios meses- a distintas horas de la mañana y de la tarde. Quería ver si la copa oscura aflojaba su actitud y dejaba entrar algún destello de luz. Pero, en efecto, nada de eso sucedió. “La Sombra Del Bosque” era rígida con su naturaleza ¡Y no iba a dejar que la noche se le amaneciera.
El niño optó por resignarse y desde aquel entonces, sólo lo visitó por el afecto que le agarró. Pues, a aquel árbol le contaba todo lo que le pasaba ¡lo que le pasaría! ¡Sus sueños! ¡Pesadillas y temores! Fue su diario íntimo.
Los años pasaron y el niño creció. Ya con diecisiete años, el joven no tuvo otra opción que dejarlo. Como despedida, le leyó una carta:
Querido árbol:
Tú has sido el oído que me ha escuchado durante todos estos años. Sin quererlo, se he transformado en mi preciada “caja de secretos”. Te he querido como a un amigo y te he valorado como a una madre. Mis días contigo, se transformaron en sueños, que con dulce vivencia, los disfruté despiertos debajo de tu copa. Tú oscuridad fue mi luz y mi luz tu corazón.
Me temo que hoy tendré que dejarte, partiré hacia la ciudad. Un trabajo me espera, y quizás, una vida mejor. No sé si volveré a verte, pero te dejo con la tranquilidad de saber que cuando, en la ciudad las luces se apaguen, la Luna se asome y el Sol se esconda, tu te harás presente en mi memoria.
Te recordaré vivo y siempre. Adiós.
Como último acto de despedida, el joven se acercó al árbol y abrazó su tronco, sollozando. El árbol como demostración de afecto, lo abrazó con dos de sus ramas mas anchas y dejó caer una lluvia de hojas sobre él.
Quizás, este árbol ya había aprendido a hablar. Pero por algún motivo, aquella noche no dio cuenta de su virtud. Sólo lloró y gimió con sus pares; quienes lo consolaron días y meses enteros.
Fue mucho después, ya adulto y vigoroso, cuando se dio cuenta de su nueva virtud. El fenómeno sucedió cuando unos leñadores talaban el bosque; y al llegarle su turno ¡este refunfuñó y exclamó grandes maldiciones a esos sujetos! Éstos, por supuesto, no escucharon nada de lo que el árbol les dijo; pero sí el hijo de uno de ellos, quien tan sólo tenía diez años. Fue asombroso verlo escapar a las corridas de aquel lugar… ¡Pobre niño! ¡Lo que se habrá asustado!
Desde ese momento “La Sombra Del Bosque” se convirtió en un árbol muy respetado, considerándolo el más sabio de todos. Pues ¡Los había salvado de la muerte! Y además, hablaba en el idioma de los niños; algo inimaginable para cualquier especie del bosque y del que conocieran.
Por muchos años, el saber hablar con los niños no le sirvió de mucho, ya que el bosque estaba tan alejado de cualquier pueblo, que lo niños casi nunca rondaban por ahí. Y si lo hacían, nunca llegaban al corazón del bosque, donde yacía imponente La Sombra.
Pero esos días cambiaron. Pronto el bosque se convertiría en un paraíso infantil, en donde niños y niñas disfrutarían de sentir la noche en plena mañana, que sus sueños puedan ser soñados también de día y en la oscuridad del bosque; y por sobre todo, poder escuchar las atrapantes historias que narraría La Sombra: de sapos y lechuzas, de lobos hambrientos y ardillas escurridizas; y de osos invernando gracias al canto de la cigarra.
Todo comenzó con la llegada de un circo a las afueras del bosque. Un gran campamento se alzó de pronto, y aun por el pico mas bajo de los pinos, se podía apreciar las multicolores carpas. Eran cuatro y el escenario era uno grande y llano, de una madera pulida y elaborada; cosa que despertó cierta furia entre la arboleda (pues no les gustaba nada que uno de sus colegas este ahí convertido en unas tablas lisas y barnizadas).
En unos pocos días, gente de todos los pueblos comenzaron a caer. El circo se convirtió en poco tiempo, en la mayor atracción a la hora de entretenerse. Los lugareños estaban maravillados ¡Mas por sus hijos! ¡Quienes iban casi todos los días a disfrutar de la misma función!
Con el tiempo, niños aburridos de ver siempre lo mismo, empezaron a perderse entre los árboles. Al principio, eran tres o cuatro; quienes molestos, perseguían a los pájaros o ardillas que se les colaban en sus sillas. Pero luego, ese número se multiplicaría y por mucho.
Una vez, un niño, extraviado y muy desesperado, llegó hasta el corazón del bosque y tropezó con La Sombra, quien lo miró perplejo y asombrado. Era la primera vez en mucho tiempo, en que alguien que no fuera leñador, tropezara con sus raíces.
Este, aprovechando la oportunidad para poner a prueba su don, le dijo al niño:
-Apuesto a que te has perdido niño.
Este, que se paralizó al escucharlo, pegó un grito al cielo y salió a las corridas del lugar. El árbol, que quedó amargado y tristón, se regañó por haberlo ahuyentado tan rápido. Se preguntó si en verdad valdría la pena después de todo, hablar con los niños; pues aquel hecho lo había puesto inseguro y la angustia que se había generado lo perturbaba y mucho.
Pero de pronto, el viento trajo desde las lejanías, murmuros y ruidos de pasos que provenían de los límites del bosque. Eran niños. Niños curiosos y valientes. Esa misma curiosidad, que era inocente y ansiosa, les hacía perder el miedo. O quizás no. A pasos de un leopardo que acecha a su presa, sigilosos y premeditados, se fueron adentrando a la inmensidad del bosque. No tardaron en perderse, y encontraron al gran árbol de pura casualidad. Uno de ellos se adelantó y señaló una negrura entre los árboles.
-¡Es ahí! ¡Miren! ¿Ven que está todo oscuro?- susurró el chico, casi en gemidos. El árbol –y todo el bosque- ya se habían percatado de aquella presencia. Decidieron no meterse y silenciar su naturaleza. No querían –más de que todos La Sombra- que se asustaran y huyeran como un rebaño de abejas al escuchar el ladrido de su perro pastor.
Ninguno de los pequeños se animaba a dar el primer paso. Esa oscuridad –o mancha negra como le decían ellos- los inhibía por completo.
-¡Miren si es un portal a otro mundo! ¡Esa mancha negra debe tener algo escondido! ¡Animales tenebrosos quizás! –exclamó uno de ellos. Este era el más gordo y petizo del grupo. Se llamaba Bombur, pero sus amigos simplemente lo apodaron Bimbo. Este habló de nuevo:
-¡No lo sé muchachos! ¡Eso se ve de veras escalofriante! ¡Tú nos trajiste hasta aquí Felfur! ¡Ve tú y dinos que es lo que ocurre!
Felfur, aquel escurridizo y travieso pequeño que se había encontrado con el árbol minutos antes, no tuvo otra opción que aventurarse entre medio de esa negrura negra, ya que las decisiones de sus amigos le ganaban en número.
Aferrándose a su valentía (la que tenía gracias a las expediciones que se hacían en los campamentos del grupo de niños exploradores del pueblo) se acercó con el cuerpo cabizbajo y a paso lento. Al llegar al tronco se encontró, como ya es sabido, con la noche entrometida bajo la copa del árbol. La Sombra guardaba silencio y sólo se movía para sacudir sus ramas.
Felfur llamó a gritos a sus compañeros, quienes miraban expectantes a su compañero.
-¡Vengan, vengan! ¡Qué nadie ha muerto! ¡ y por lo visto, ningún animal tenebroso esconde este árbol!
Y así fue como un grupito de pequeños curiosos conoció a La Sombra Del Bosque. Pronto la voz se correría por todos los pueblos y casuchas cercanas al bosque. Al principio nadie creía que un árbol que hacía aparecer la noche en plena luz del día existiera en aquel bosque ¡Ni mucho menos que éste hablara! Los creyeron por locos mucho tiempo, hasta que el líder de un grupo infantil muy importante de esos alrededores lo comprobó con sus propios ojos. Éste mismo se encargó de difundir que lo que contaban era cierto. Mitos y leyendas se generaron a raíz de este acontecimiento. Los recreos en los colegios y los domingos de misa se transformaron en ratos de largas charlas, en donde los más pequeños se congregaban y contaban las grandes historias que La Sombra les había relatado ese mismo día.
Los niños ya no miraban televisión ni jugaban a las escondidas, preferían acurrucarse entre la hierba fresca y escuchar al árbol contar fascinantes historias de su pasado, de su bosque y su leyenda, de cómo había aprendido a hablar y de lo encantado que estaba de que su bosque tenga la presencia de tantos niños. ¡Pues así lo era! ¡El bosque se había convertido en una guardería de pequeños!
El bosque había vuelto a nacer.
Nadie sabe como termino la historia (si es que terminó) Nunca nadie me supo decir cual fue el destino de aquel árbol y de la vida de aquellos niños. Se rumorean un sin fin de finales. El más relatado por los lugareños cuenta que al irse el circo (no se olviden que era un circo ambulante) los niños no tuvieron mas excusas para ir al bosque. Imagínense que ¡los padres nunca creerían que un árbol contara historias y ni mucho menos que su copa proyectara una noche inverosímil.
Las mentiras con el tiempo se les acabarían y los testigos por parte de sus padres no tardarían en llegar.
Otros confiesan que el bosque por aquellos años sufrió un fatal incendio que dejó sin vida a muchos animales y que gran parte de los árboles fueron incinerados por aquel devastador fuego. Puede ser que La Sombra del bosque haya sufrido esa desgracia también.
Otros se atreven a contarme que hubo una gran tala indiscriminada de árboles; y que en aquellos tiempos, ningún árbol quedó en pie. Quizás haya corrido esa suerte La Sombra; no lo sé.
Si me permiten y gustan, los invito a imaginarse un final sin final. Una vida eterna para aquel bosque, en donde niños y niñas todavía siguen disfrutando de aquel anochecer, en donde los corazones de aquellos pequeños se convierten en vivos y fantásticos escenarios de un mundo lleno de mágica inocencia. Y que los sueños son vividos como la vida y la vida como un sueño.
Sólo el que posea el alma y los ojos de un niño tendrá el privilegio de disfrutar aquel Amanecer Contaminado.
Él era el más viejo y el más sabio de todos los árboles. Sus ramas eran increíblemente enormes, largas y vigorosas; y se extendían por los aires, formando un inmenso y oscuro laberinto en su copa. Esta última era tan pero tan grande que los rayos del sol nunca podían entrar, dejando para el que lo atraviese, la sensación de que ya había caído la noche. Por ese motivo, este árbol se ganó el nombre de “La Sombra Del Bosque”. Aunque por simple pereza de la naturaleza, sólo lo llamaban “Negro” o “La Sombra”.
Este árbol –como ya dije antes- era el más sabio y el más viejo del bosque. Pero esas no eran sus únicas virtudes (pues, para un árbol ser viejo es una ventaja) sino que además poseía el don de poder comunicarse con los niños -sólo con los niños, aclaro- ya que gracias a una experiencia en su juventud sirvió para que, este árbol, aprendiese el idioma de los niños. Y fue de pura casualidad. O mejor dicho, fue sin querer queriendo.
Un día, hace mucho pero mucho tiempo, cuando “La Sombra Del Bosque” era joven y no- todavía- “el más sabio y el más viejo” del bosque; un encuentro se produjo entre él y un niño. Éste último había venido a las corridas y no vio una de las raíces del árbol que se levantaban en la tierra. Se tropezó y enseguida se echó a llorar.
Su llanto despertó al árbol –y a medio bosque-, quienes por primera vez eran participes de la visita de un niño ¡Sí! ¡Así es! Aunque ustedes no lo crean, el bosque entero- incluyendo a sus animales- jamás habían visto a un chico; sí a cazadores y a escopetas, pero no a un niño.
El chiquito, entre gritos y sollozos, observó detenidamente la oscuridad del bosque –con unos ojos saltones que asustaban hasta la más extravagante lechuza-.
-¡Valla que me alejé del tío Poe! ¡Cuando salí había un sol radiante! ¡Y mira! ¡Ya se puso la noche!- dijo el niño. No sé si era costumbre de los lugareños de aquellas zonas, o simple particularidad del chico; pero siempre contaba sus historias en voz alta.
El encuentro se repitió al día siguiente, y al otro. Ya para la tercera ocasión, el niño ya se había percatado de la singularidad de aquel árbol.
-¡Oye tú! ¡Hoy no me engañarás! ¡Acabo de correr desde lo del tío Poe y sólo queda a treinta minutos de aquí! ¡La tarde tendría que seguir puesta en el cielo infinito! ¡Así que haz aparecer la luz!- su voz era chillona, pero dulce e inocente. Por supuesto, el árbol no respondió. Sólo lo observó y escuchó su monólogo- ¿Sol? ¡¿Dónde te has metido sol?! ¡Primavera! ¡Aparécete ya por estos lados, que este árbol del bosque me está jugando una mentira!
El niño se empecinó tanto en demostrar que él tenía razón y no el árbol, que regresó todos los días –durante varios meses- a distintas horas de la mañana y de la tarde. Quería ver si la copa oscura aflojaba su actitud y dejaba entrar algún destello de luz. Pero, en efecto, nada de eso sucedió. “La Sombra Del Bosque” era rígida con su naturaleza ¡Y no iba a dejar que la noche se le amaneciera.
El niño optó por resignarse y desde aquel entonces, sólo lo visitó por el afecto que le agarró. Pues, a aquel árbol le contaba todo lo que le pasaba ¡lo que le pasaría! ¡Sus sueños! ¡Pesadillas y temores! Fue su diario íntimo.
Los años pasaron y el niño creció. Ya con diecisiete años, el joven no tuvo otra opción que dejarlo. Como despedida, le leyó una carta:
Querido árbol:
Tú has sido el oído que me ha escuchado durante todos estos años. Sin quererlo, se he transformado en mi preciada “caja de secretos”. Te he querido como a un amigo y te he valorado como a una madre. Mis días contigo, se transformaron en sueños, que con dulce vivencia, los disfruté despiertos debajo de tu copa. Tú oscuridad fue mi luz y mi luz tu corazón.
Me temo que hoy tendré que dejarte, partiré hacia la ciudad. Un trabajo me espera, y quizás, una vida mejor. No sé si volveré a verte, pero te dejo con la tranquilidad de saber que cuando, en la ciudad las luces se apaguen, la Luna se asome y el Sol se esconda, tu te harás presente en mi memoria.
Te recordaré vivo y siempre. Adiós.
Como último acto de despedida, el joven se acercó al árbol y abrazó su tronco, sollozando. El árbol como demostración de afecto, lo abrazó con dos de sus ramas mas anchas y dejó caer una lluvia de hojas sobre él.
Quizás, este árbol ya había aprendido a hablar. Pero por algún motivo, aquella noche no dio cuenta de su virtud. Sólo lloró y gimió con sus pares; quienes lo consolaron días y meses enteros.
Fue mucho después, ya adulto y vigoroso, cuando se dio cuenta de su nueva virtud. El fenómeno sucedió cuando unos leñadores talaban el bosque; y al llegarle su turno ¡este refunfuñó y exclamó grandes maldiciones a esos sujetos! Éstos, por supuesto, no escucharon nada de lo que el árbol les dijo; pero sí el hijo de uno de ellos, quien tan sólo tenía diez años. Fue asombroso verlo escapar a las corridas de aquel lugar… ¡Pobre niño! ¡Lo que se habrá asustado!
Desde ese momento “La Sombra Del Bosque” se convirtió en un árbol muy respetado, considerándolo el más sabio de todos. Pues ¡Los había salvado de la muerte! Y además, hablaba en el idioma de los niños; algo inimaginable para cualquier especie del bosque y del que conocieran.
Por muchos años, el saber hablar con los niños no le sirvió de mucho, ya que el bosque estaba tan alejado de cualquier pueblo, que lo niños casi nunca rondaban por ahí. Y si lo hacían, nunca llegaban al corazón del bosque, donde yacía imponente La Sombra.
Pero esos días cambiaron. Pronto el bosque se convertiría en un paraíso infantil, en donde niños y niñas disfrutarían de sentir la noche en plena mañana, que sus sueños puedan ser soñados también de día y en la oscuridad del bosque; y por sobre todo, poder escuchar las atrapantes historias que narraría La Sombra: de sapos y lechuzas, de lobos hambrientos y ardillas escurridizas; y de osos invernando gracias al canto de la cigarra.
Todo comenzó con la llegada de un circo a las afueras del bosque. Un gran campamento se alzó de pronto, y aun por el pico mas bajo de los pinos, se podía apreciar las multicolores carpas. Eran cuatro y el escenario era uno grande y llano, de una madera pulida y elaborada; cosa que despertó cierta furia entre la arboleda (pues no les gustaba nada que uno de sus colegas este ahí convertido en unas tablas lisas y barnizadas).
En unos pocos días, gente de todos los pueblos comenzaron a caer. El circo se convirtió en poco tiempo, en la mayor atracción a la hora de entretenerse. Los lugareños estaban maravillados ¡Mas por sus hijos! ¡Quienes iban casi todos los días a disfrutar de la misma función!
Con el tiempo, niños aburridos de ver siempre lo mismo, empezaron a perderse entre los árboles. Al principio, eran tres o cuatro; quienes molestos, perseguían a los pájaros o ardillas que se les colaban en sus sillas. Pero luego, ese número se multiplicaría y por mucho.
Una vez, un niño, extraviado y muy desesperado, llegó hasta el corazón del bosque y tropezó con La Sombra, quien lo miró perplejo y asombrado. Era la primera vez en mucho tiempo, en que alguien que no fuera leñador, tropezara con sus raíces.
Este, aprovechando la oportunidad para poner a prueba su don, le dijo al niño:
-Apuesto a que te has perdido niño.
Este, que se paralizó al escucharlo, pegó un grito al cielo y salió a las corridas del lugar. El árbol, que quedó amargado y tristón, se regañó por haberlo ahuyentado tan rápido. Se preguntó si en verdad valdría la pena después de todo, hablar con los niños; pues aquel hecho lo había puesto inseguro y la angustia que se había generado lo perturbaba y mucho.
Pero de pronto, el viento trajo desde las lejanías, murmuros y ruidos de pasos que provenían de los límites del bosque. Eran niños. Niños curiosos y valientes. Esa misma curiosidad, que era inocente y ansiosa, les hacía perder el miedo. O quizás no. A pasos de un leopardo que acecha a su presa, sigilosos y premeditados, se fueron adentrando a la inmensidad del bosque. No tardaron en perderse, y encontraron al gran árbol de pura casualidad. Uno de ellos se adelantó y señaló una negrura entre los árboles.
-¡Es ahí! ¡Miren! ¿Ven que está todo oscuro?- susurró el chico, casi en gemidos. El árbol –y todo el bosque- ya se habían percatado de aquella presencia. Decidieron no meterse y silenciar su naturaleza. No querían –más de que todos La Sombra- que se asustaran y huyeran como un rebaño de abejas al escuchar el ladrido de su perro pastor.
Ninguno de los pequeños se animaba a dar el primer paso. Esa oscuridad –o mancha negra como le decían ellos- los inhibía por completo.
-¡Miren si es un portal a otro mundo! ¡Esa mancha negra debe tener algo escondido! ¡Animales tenebrosos quizás! –exclamó uno de ellos. Este era el más gordo y petizo del grupo. Se llamaba Bombur, pero sus amigos simplemente lo apodaron Bimbo. Este habló de nuevo:
-¡No lo sé muchachos! ¡Eso se ve de veras escalofriante! ¡Tú nos trajiste hasta aquí Felfur! ¡Ve tú y dinos que es lo que ocurre!
Felfur, aquel escurridizo y travieso pequeño que se había encontrado con el árbol minutos antes, no tuvo otra opción que aventurarse entre medio de esa negrura negra, ya que las decisiones de sus amigos le ganaban en número.
Aferrándose a su valentía (la que tenía gracias a las expediciones que se hacían en los campamentos del grupo de niños exploradores del pueblo) se acercó con el cuerpo cabizbajo y a paso lento. Al llegar al tronco se encontró, como ya es sabido, con la noche entrometida bajo la copa del árbol. La Sombra guardaba silencio y sólo se movía para sacudir sus ramas.
Felfur llamó a gritos a sus compañeros, quienes miraban expectantes a su compañero.
-¡Vengan, vengan! ¡Qué nadie ha muerto! ¡ y por lo visto, ningún animal tenebroso esconde este árbol!
Y así fue como un grupito de pequeños curiosos conoció a La Sombra Del Bosque. Pronto la voz se correría por todos los pueblos y casuchas cercanas al bosque. Al principio nadie creía que un árbol que hacía aparecer la noche en plena luz del día existiera en aquel bosque ¡Ni mucho menos que éste hablara! Los creyeron por locos mucho tiempo, hasta que el líder de un grupo infantil muy importante de esos alrededores lo comprobó con sus propios ojos. Éste mismo se encargó de difundir que lo que contaban era cierto. Mitos y leyendas se generaron a raíz de este acontecimiento. Los recreos en los colegios y los domingos de misa se transformaron en ratos de largas charlas, en donde los más pequeños se congregaban y contaban las grandes historias que La Sombra les había relatado ese mismo día.
Los niños ya no miraban televisión ni jugaban a las escondidas, preferían acurrucarse entre la hierba fresca y escuchar al árbol contar fascinantes historias de su pasado, de su bosque y su leyenda, de cómo había aprendido a hablar y de lo encantado que estaba de que su bosque tenga la presencia de tantos niños. ¡Pues así lo era! ¡El bosque se había convertido en una guardería de pequeños!
El bosque había vuelto a nacer.
Nadie sabe como termino la historia (si es que terminó) Nunca nadie me supo decir cual fue el destino de aquel árbol y de la vida de aquellos niños. Se rumorean un sin fin de finales. El más relatado por los lugareños cuenta que al irse el circo (no se olviden que era un circo ambulante) los niños no tuvieron mas excusas para ir al bosque. Imagínense que ¡los padres nunca creerían que un árbol contara historias y ni mucho menos que su copa proyectara una noche inverosímil.
Las mentiras con el tiempo se les acabarían y los testigos por parte de sus padres no tardarían en llegar.
Otros confiesan que el bosque por aquellos años sufrió un fatal incendio que dejó sin vida a muchos animales y que gran parte de los árboles fueron incinerados por aquel devastador fuego. Puede ser que La Sombra del bosque haya sufrido esa desgracia también.
Otros se atreven a contarme que hubo una gran tala indiscriminada de árboles; y que en aquellos tiempos, ningún árbol quedó en pie. Quizás haya corrido esa suerte La Sombra; no lo sé.
Si me permiten y gustan, los invito a imaginarse un final sin final. Una vida eterna para aquel bosque, en donde niños y niñas todavía siguen disfrutando de aquel anochecer, en donde los corazones de aquellos pequeños se convierten en vivos y fantásticos escenarios de un mundo lleno de mágica inocencia. Y que los sueños son vividos como la vida y la vida como un sueño.
Sólo el que posea el alma y los ojos de un niño tendrá el privilegio de disfrutar aquel Amanecer Contaminado.

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