
Estrellita
La historia cuenta de un chico que solía ir a la plaza del barrio por las noches. Se recostaba en un banquete y contemplaba las estrellas. Era su hábito, su fascinación y era lo que lo hacía feliz.
Un día, como cualquier otro, el chico miró la noche y se imaginó ser una estrella. En un momento se encontró arriba, en la inmensidad misma del universo con otras miles y miles de estrellas. Miró a su alrededor y se encontró con dos de sus pares mirándose fijamente y demasiado apretujadas para ser estrellas. Se le acercó a su vecino y le preguntó:
-Estrella, estrella vecina ¿tu sabes porque esas dos están mirándose tan de cerca?
-Claro que lo sé Estrellita. Y tú también lo sabes.
-¿Yo? Se equivoca señor Estrella, yo no lo sé.
-¿Seguro? Pues ¡sólo mira a tu alrededor y dime que es lo que ves!
-¿Qué veo? Miles y miles de estrellas, señor Estrella.
-¡Te dije que veas! ¡No que miraras! Estrellita. Y además, todavía no te has preguntado porque estas aquí. Algo curioso y alarmante en estrellitas como tú.
-Pues, creo que estoy en un profundo sueño. Me he quedado dormido y estoy soñando que soy una estrellita; una estrellita brillante que ilumina la noche con su juventud.
-En eso tienes razón. Pero ¿no te preguntaste de que porque justo eres una estrella en la noche y no una nube en el día?
-No se me ocurrió, supongo que porque me gustan. Pero ¿tiene sentido alguno preguntárselo?
-Pues claro que lo tiene Estrellita. Lo que ves no son “miles y miles de estrellas”; sino que son los que enamoraron de la noche, y no del día. Los que prefieren soñar en el descanso del universo y no en el atareo de un mundo despierto.
- ¿Los enamorados de la noche? No entiendo.
-Si escucharas lo que te digo Estrellita, no harías tantas preguntas.
-Te escucho, te escucho. Pero sigo sin entender.
-Esta bien, presta atención Estrellita, soy un señor de miles y miles de años con la idea de que pronto me estrellaré en algún recóndito del universo. Te lo contaré sólo una ves más y a manera de cuento. ¿Esta bien?
-Te escucho.
-Hace mucho tiempo, cuando todavía no existían ni tu bisabuelo ni el mío, un joven aventurero, de nombre desconocido, se propuso conocer todas las islas que habitaban en el planeta.
Como sabes bien, el mundo es enorme y le tomó muchísimos años recorrerlas a todas.
Ya de viejo, al llegar a una de las últimas islas del recorrido, se encontró cansado y muy débil para continuar. Se tomó un receso que le duró varios años (algo impensado para él, no te olvides que él era un aventurero y a los sujetos como él no les gusta quedarse mucho tiempo en el mismo lugar).
En ese tiempo, el ya anciano, solía desvelarse todas las noches mirando las estrellas y contemplando la inmensidad. Recordaba con pasión todos sus viajes y le contaba a todas las estrellas sus aventuras y los amores que había dejado en cada puerto.
Esto se repitió por varios años, y al señor isleño, ya no más aventurero, le costó reconocer su fascinación por la noche. Pero no era la noche quien más lo cautivaba y fascinaba, sino que eran las estrellas, sus fieles acompañantes y principales oyentes de sus más conmovedoras historias sobre islas visitadas. Se había enamorado de las estrellas.
Era para tanto, que el anciano dormía de día, para estar bien descansado para la noche.
Así pues, la isla se la llamó “La isla de la noche” en memoria del anciano no más aventurero.
No se sabe muy bien como murió aquel señor, enamorado de las estrellas. Se rumorean muchísimos finales; pero el más sobresaliente, o quizás el más mágico y feliz desenlace, es que al morir, su alma se la llevaron las estrellas, para que en el cielo nocturno, el viejo siga narrando sus historias.
-Eso explica de que porque esas dos estrellas bien apretujadas estaban mirándose.
-Exacto, podría ser que se estaban cuchicheando alguna que otra historia del anciano no más aventurero, enamorado de las estrellas.
-¿Y como se suponía que iba a saber todo aquello?
-Tú eres un enamorado de las estrellas, al igual que el anciano. Tú puedes contarles tus historias a ellas ¡Pues, para eso te han recogido!
-¡Pero no tengo historias fascinantes y aventureras como el anciano!
-Descuida; alguna se te va a ocurrir.
-¿No volveré mas a mi planeta?
-Si quieres. Pero te recomiendo que este sueño lo prolongues por largo rato. No se sabe si podrás volver a este mundo ¡Imagínate si te olvidas de ellas! ¡Así que cuenta todas las historias que puedas Estrellita! ¡Qué tu estadía se vuelva eterna! ¡Y que tu amor por ellas se vuelva inolvidable!
-Creo que empezaré con “El Diario De Los Sueños”… ¡Si, ese! Un amigo del barrio me lo contó hace poquito…
La historia cuenta de un chico que solía ir a la plaza del barrio por las noches. Se recostaba en un banquete y contemplaba las estrellas. Era su hábito, su fascinación y era lo que lo hacía feliz.
Un día, como cualquier otro, el chico miró la noche y se imaginó ser una estrella. En un momento se encontró arriba, en la inmensidad misma del universo con otras miles y miles de estrellas. Miró a su alrededor y se encontró con dos de sus pares mirándose fijamente y demasiado apretujadas para ser estrellas. Se le acercó a su vecino y le preguntó:
-Estrella, estrella vecina ¿tu sabes porque esas dos están mirándose tan de cerca?
-Claro que lo sé Estrellita. Y tú también lo sabes.
-¿Yo? Se equivoca señor Estrella, yo no lo sé.
-¿Seguro? Pues ¡sólo mira a tu alrededor y dime que es lo que ves!
-¿Qué veo? Miles y miles de estrellas, señor Estrella.
-¡Te dije que veas! ¡No que miraras! Estrellita. Y además, todavía no te has preguntado porque estas aquí. Algo curioso y alarmante en estrellitas como tú.
-Pues, creo que estoy en un profundo sueño. Me he quedado dormido y estoy soñando que soy una estrellita; una estrellita brillante que ilumina la noche con su juventud.
-En eso tienes razón. Pero ¿no te preguntaste de que porque justo eres una estrella en la noche y no una nube en el día?
-No se me ocurrió, supongo que porque me gustan. Pero ¿tiene sentido alguno preguntárselo?
-Pues claro que lo tiene Estrellita. Lo que ves no son “miles y miles de estrellas”; sino que son los que enamoraron de la noche, y no del día. Los que prefieren soñar en el descanso del universo y no en el atareo de un mundo despierto.
- ¿Los enamorados de la noche? No entiendo.
-Si escucharas lo que te digo Estrellita, no harías tantas preguntas.
-Te escucho, te escucho. Pero sigo sin entender.
-Esta bien, presta atención Estrellita, soy un señor de miles y miles de años con la idea de que pronto me estrellaré en algún recóndito del universo. Te lo contaré sólo una ves más y a manera de cuento. ¿Esta bien?
-Te escucho.
-Hace mucho tiempo, cuando todavía no existían ni tu bisabuelo ni el mío, un joven aventurero, de nombre desconocido, se propuso conocer todas las islas que habitaban en el planeta.
Como sabes bien, el mundo es enorme y le tomó muchísimos años recorrerlas a todas.
Ya de viejo, al llegar a una de las últimas islas del recorrido, se encontró cansado y muy débil para continuar. Se tomó un receso que le duró varios años (algo impensado para él, no te olvides que él era un aventurero y a los sujetos como él no les gusta quedarse mucho tiempo en el mismo lugar).
En ese tiempo, el ya anciano, solía desvelarse todas las noches mirando las estrellas y contemplando la inmensidad. Recordaba con pasión todos sus viajes y le contaba a todas las estrellas sus aventuras y los amores que había dejado en cada puerto.
Esto se repitió por varios años, y al señor isleño, ya no más aventurero, le costó reconocer su fascinación por la noche. Pero no era la noche quien más lo cautivaba y fascinaba, sino que eran las estrellas, sus fieles acompañantes y principales oyentes de sus más conmovedoras historias sobre islas visitadas. Se había enamorado de las estrellas.
Era para tanto, que el anciano dormía de día, para estar bien descansado para la noche.
Así pues, la isla se la llamó “La isla de la noche” en memoria del anciano no más aventurero.
No se sabe muy bien como murió aquel señor, enamorado de las estrellas. Se rumorean muchísimos finales; pero el más sobresaliente, o quizás el más mágico y feliz desenlace, es que al morir, su alma se la llevaron las estrellas, para que en el cielo nocturno, el viejo siga narrando sus historias.
-Eso explica de que porque esas dos estrellas bien apretujadas estaban mirándose.
-Exacto, podría ser que se estaban cuchicheando alguna que otra historia del anciano no más aventurero, enamorado de las estrellas.
-¿Y como se suponía que iba a saber todo aquello?
-Tú eres un enamorado de las estrellas, al igual que el anciano. Tú puedes contarles tus historias a ellas ¡Pues, para eso te han recogido!
-¡Pero no tengo historias fascinantes y aventureras como el anciano!
-Descuida; alguna se te va a ocurrir.
-¿No volveré mas a mi planeta?
-Si quieres. Pero te recomiendo que este sueño lo prolongues por largo rato. No se sabe si podrás volver a este mundo ¡Imagínate si te olvidas de ellas! ¡Así que cuenta todas las historias que puedas Estrellita! ¡Qué tu estadía se vuelva eterna! ¡Y que tu amor por ellas se vuelva inolvidable!
-Creo que empezaré con “El Diario De Los Sueños”… ¡Si, ese! Un amigo del barrio me lo contó hace poquito…

No hay comentarios:
Publicar un comentario