jueves, 6 de marzo de 2008

Benjamín Díaz Y El Misterio De Los Enanos (capítulo 2)

El Portarretrato

El living, en unos minutos, había cobrado vida. El fuego tenue del hogar era la única luz del cuarto; brindaba un clima cálido y muy tranquilo. El piso alfombrado de un verde césped, las cuatro paredes chocolate -que encerraban el ambiente- junto con los cuadros de marco dorado, daban la sensación de estar en el año 1920. Simón y Herald se habían acurrucado muy cerca del fuego, el abuelo se había sentado en un sillón-hamaca (o mecedor) al costado del hogar, mirando hacía los dos hermanos. Yo terminaba la ronda, sentado chinito bien enfrente del fuego y a la derecha de Tadeo.

-¿Están bien cómodos? Porque les aseguro que no querrán moverse de donde están hasta que termine la función- Dijo el abuelo Tadeo, algo ansioso.

-¿Qué función? , ¿No nos ibas a contar un cuento?, ¿de que se tratará? ¿Hadas, duendes, lobos?- preguntó, un incrédulo Herald.

- Ah no, no. Me temo que si quieres escuchar un cuento de Hadas, tendrás que esperar a la abuela de Tom. Ada sabe muchas de esas historias.

- Entonces, ¿de que se va a tratar su cuento, Señor Tadeo?- preguntó Simón.

- Bueno, eso ya lo sabrán, y por cierto, no es un cuento. Es una historia verídica, con personales y sucesos reales.

-¿Verídica? ¿Que es eso? – nunca había escuchado esa palabra.

- Significa que pasó de verdad, Tom. Bueno, sin más preguntas comenzaré de una buena ves:

La historia cuenta de un niño de dieciséis años llamado Benjamín Díaz. Éste vivía en la ciudad de Paraná, Entre Ríos. ¿Conocen Entre Ríos, chicos?

-No, la verdad que no- dije.

-No, yo tampoco- Contestó Herald.

-Menos que menos- respondió Simón.

-No importa, más adelante les contaré las curiosidades de esa hermosa provincia. Siguiendo con el relato, este chico vivía con su madre, los dos conformaban la familia Díaz. El padre los dejó cuando él tenía solamente diez años; y su madre nunca tuvo la posibilidad de poder darle un hermanito.

-¿Por qué no? – interrumpió Herald.

- Porque como ya te dije niño, el padre los abandonó; y su madre nunca encontró en esos siete años, alguien con quien pueda estar.

- ¿con quien pueda estar? ¿A que te refieres?, ¿como que los abandonó?- interrumpió Simón.

- Nuestra madre si encontró con quien pueda estar cuando papá nos abandonó, ¿no es cierto, Simón?- interrumpió de vuelta Herald.

-Já, já. Chicos, chicos- se rió el abuelo- como consigna de la velada, si tienen alguna duda, hagan las preguntas que quieran, pero si las pueden evitar, sería muchísimo mejor para mí. Soy viejo y posiblemente no aguantaré toda la noche con esta historia; como ya les dije, es larga y emocionante, y tengo que estar muy despierto para contarla, ¿si?

-De acuerdo abuelo- le respondí. Y miré a los hermanos para que dijeran algo al respecto; al fin y al cabo era por ellos que el abuelo se había detenido en el relato.

-¿Eh?, ha si, por supuesto Señor Tadeo.- contestó Simón, y el otro sólo asintió con la cabeza.

- Como les decía, el chico vivía solo con la madre. Y como seguro deben saber, Paraná es grande, muy grande, a comparación de nuestro pueblo. Su casa estaba ubicada a las afueras de la zona céntrica…

- ¿Zona céntrica?, ¿Qué es eso?- preguntó un tímido Herald.

- ¿Has observado que las grandes ciudades, tienen plazas, tienen calles en las que pueden caminar la gente; hay muchas vidrieras con cosas muy modernas, luces por todos lados y muchos carteles?

-Si, creo que mamá nos ha llevado a uno de esos lugares.- dijo Simón.

-Benjamín vivía muy cerca de esa zona, ¿no?- le pregunté. A comparación de los dos hermanos, yo si conocía a la perfección todos esos lugares de los que nombraba el abuelo. Yo vivo en la ciudad. Una ves tuve la oportunidad de llevar a conocer mi casa a Simón y Herald, pero no sé porque motivo - no me lo acuerdo- no pudieron ir. Ellos siempre vivieron en Don Benito de la Fuente. Solamente los veo cuando visito a los abuelos, en las vacaciones de invierno.

- Si Tom, así es. La casa de Benjamín era enorme: tenía cocina, dos baños…

-¿Dos baños?, increíble- exclamó Herald.

-… un comedor, living, cuatro habitaciones, y un garaje. Una de las cuatro habitaciones era un balcón, quedaba en el segundo piso de la casa. Esa era la habitación de benjamín. La historia cuenta que una noche el chico tuvo un sueño de lo más extraño:

La habitación se encontraba como de costumbre cuando me desperté. El desorden del cuarto me hizo olvidar por unos instantes el sueño que tuve. Estaba un poco mareado –“seguramente por haberme levantado tan bruscamente”- pensé. La cabeza me dolía un poco y mis brazos los sentía como dos varas gruesas de madera, cansados y tensos.

Después de unos minutos, trate de recordar lo que había soñado. Insistí pero no habo caso, las imágenes eran muy confusas. Solo pude divisar claramente un lapso, en el cual me encontraba parado -al costado de mi cama- y de la nada salía un portarretrato de entre mis mano. Lo observaba, pero luego se cortaba la imagen.

No pude ver la foto o lo que llegara estar ahí.

El llamado a la puerta de mamá, me desenfocó de la aventura. La detesté por esto.

-Benjamín… hijo, ya tenes el desayuno servido. Baja en cuanto te vistas. Quiero hablar contigo- sonó, por ser de mañana, extraña. ¿Qué le pasara a esta mujer? – me pregunté.

No tardó mucho en vestirme. Bajó las escaleras y se dirigió a zancadas hacia la cocina.

Su desayuno estaba prolijamente servido como de costumbre: una enorme taza de café con leche y al lado, una panera repleta de medialunas dulces.

Se sentó, y sin dar mas vueltas empezó a comer. Un hermoso día le saludaba por la ventana. El cielo era celeste y no había muchas nubes, el sol parecía estar feliz.

-Un lindo día para salir a correr, ¿no…hijo?- mamá por fin se había aparecido por la cocina.

-¿Correr? , si puede ser. Pero no puedo. Perdóname, pero hoy tenía planeado comenzar un nuevo…

-¿Dibujo?- me interrumpe. ¡Hay benjamín! Te la pasas dibujando. Es sábado, mira el día que hay afuera.

-¿De eso me querías hablar?- le dijo con un tono de desinterés. ¿De que no hago más nada que dibujar?

-No, no. Solo te hice la invitación. Quiero que no subas a tu habitación, porque necesito limpiarla.

-¿Limpiarla?, sabes que a eso lo puedo hacer yo. No necesito que lo hagas por mí- dije con un tono autoritario.

-No, ya lo sé. Pero necesito hacer otro tipo de limpieza, una a fondo. ¿Me entiendes?

-No- estaba desconcertado, no sabía a que se refería con eso de “limpieza a fondo”.

-Esta bien, hijo. Te lo explicaré. Presta mucha atención, ¿sí?

-¡Me asustas mamá, dilo de una buena vez!

- Necesito encontrar una foto de tu padre. Y creo que el lugar indicado para buscarlo es tu habitación. He tirado todas desde que. . .

-Se separaron, ya lo sé. ¿Foto de papá?, ¿para que?, ¿Qué esta pasando mamá?- todo era muy raro.

-Él ayer llamó a casa. Estuvimos hablando mucho, ¿sabes? De nuestro matrimonio, de ti, de la casa, de nuestras responsabilidades, trabajo, familia y demás. Nos dimos cuenta de que nos necesitamos Benjamín.

-¡FABULOSO!- gritó un sonriente Simón. Herald, que estaba al lado, le dio un golpe en la cabeza, por haber interrumpido el relato del Señor Tadeo.

- No entiendo mamá, ¿no era que estaba todo absolutamente mal con papá por el tema del divorcio, los abogados, la división de bienes y toda la historia esa?- Benjamín estaba atónito.

-¿Qué es “división de bienes”? – preguntó Herald.

-Es cuando cortas los panes de biena y los dividís. Por eso se le llama “División de bienes”.- respondió Simón, y el abuelo rió.

-Cuando mamá y papá se reparten lo que entre ellos pudieron obtener durante el matrimonio, están haciendo la “división de bienes”. ¿Entiendes? –explicó el abuelo.

-Si, si. Eso explica porque papá se quedo con el auto y mamá con la casa- respondió un alegre Herald, sorprendido por haber entendido al fin, algo de lo que el abuelo le explicaba.

En un instante, los recuerdos se encendieron en la mente de Benjamín. Vio, en un segundo, el replay de la última discusión que habían tenido sus padres y de cómo se habían maltratado. Pudo recordar algunas de todas las atrocidades que se dijeron el uno al otro en aquella noche. No podía entender lo que estaba pasando.

A todo esto, la mamá ya había comenzado a responderle:

--Hace como un mes, tu padre y yo nos encontramos por casualidad en el supermercado. Y bueno, empezamos a hablar de nuestras cosas. Nos contamos mucho, hijo.

- ¿Ah, si? ¿Y? – la intimidó. Él estaba impaciente; quería que llegue hasta el final.

-Y bueno, nos pasamos cada uno su número de teléfono; y el me llamó. No sólo una ves, sino varias…

-Sigue mamá- la apuró.

-Y bueno hijo. No te lo voy a negar. Yo sigo amando a tu padre. Aunque nos haya dejado hace 3 años.

- Lo sé.

- Me propuso vacacionar con él. En realidad “nos” propuso, a ti y a mí.

-¿De verdad? ¡Eso es grandioso!- y la abrasó.

- Pensamos en Bariloche, ya sabes, la nieve y todo eso.

-No me interesa a donde vallamos; Bariloche esta bien. Quiero que ustedes estén bien, que la familia Díaz este bien. Que sea como antes mamá.

- Yo también lo quiero hijo; espero no decepcionarme.

-No lo creo- y se abrazaron aun más fuerte.

El café con leche ya estaba frío. Sólo agarró una medialuna y sin decir mas nada, se escapó de la cocina. En el living, recordó lo primero que me había dicho. Y casi intuitivamente, le preguntó a los gritos:

-¡¿Para que quieres una foto de papá?!-ella no respondió. Luego de un minuto, con las manos mojadas y un repasador en el hombro, se acercó hacia el living:

- Acá estoy, estaba limpiando lo que dejaste del desayuno. ¿Me preguntaste algo?

-Sí. La foto de papá. ¿Para que la quieres?

-Ah, eso. Para ponerla en mi mesita de luz. Ya sabes, cosas de mujeres.

-¿Seguro?

-Sí. ¿Por qué? ¿Que piensas?, ¿para que querría la foto sino?

-No lo sé. Me voy a correr. Cerca del mediodía vuelvo.

-Esta bien. Cuídate.

Y así, se estaba yendo la mañana. Eran casi las once cuando salió de su casa. Con algo de ropa deportiva puesta, empezó a caminar hacia la plaza.

A solo dos pasos de cruzar la calle, la vio. Venia por el lado derecho de la vereda; estaba mirándolo.

-¡Benjamín! ¿Qué haces por acá?- la notó apurada.

- ¡Hola Cindy! ¿Qué hago acá? , lo que ves tonta, mira- le mostró el short y las zapatillas.

-¿Perdón?-asombrada- ¿estas por correr en la plaza?, y… ¿desde cuando lo haces?

-¡Hay, que decís! , siempre salgo a correr- ella estalla de la risa.

-Benjamín.

-¿Cindy?

-¿Desde cuando somos vecinos?

-Hace seis años.

¿Desde cuando somos amigos?

-Desde el año pasado.

-Bien. Hace un año que somos mejores amigos. ¡Y absolutamente nunca pero NUNCA! me dijiste “Cindy salgo a correr”. ¿O Estoy equivocada? ¿Qué pasó con tu sesión de dibujo?, tengo entendido que desde los últimos siete meses, todos los sábados te encierras en tu habitación a planear un nuevo cómic, o terminar una pintura…

-Mi mamá necesitaba hacer una “limpieza a fondo” en mi cuarto. ¿Entiendes?

- No del todo… ¿Limpieza? ¿En tu cuarto?

-Es lo que te acabo de decir.

-Como digas- y le frunció en seño.- Estoy apuradísima, luego hablamos ¿si?

-Como quieras, adiós.

-Antes de seguir con la historia- y nos miró- quiero contarles que el chico casi no tenía amigos. Hace tres años que solamente hablaba con Cindy y sus dibujos. No era que tenía problemas para relacionarse con la gente, ni mucho menos. Había tenido, hasta los trece años, un grupo de amigos muy unido, eran inseparables. Pero algo pasó, y lo sabrán mas adelante, ahora sigamos con Benjamín y su trote por la plaza.

Acompañado del sudor, el correr se le volvió un vaivén de recuerdos. Ellos se aparecieron de la nada. Los veía, se veía. Eran felices, no entendía, todavía, lo que había pasado. No entendía tampoco, porque los estaba recordando en este momento, total lo vivido ya se había archivado -hace tiempo- como un lindo recuerdo. Con final triste, esa amistad nunca había tenido revancha. Se resigno a pensar en que nada iba hacer como antes.

Siguió corriendo cada vez más rápido. Pensó que exigir su cuerpo al máximo lo iba a desconcentrar del pasado y lo iba a enfocar en el presente, pero el día- o el mismo Dios- se había empecinado en hacérselo recordar.

Un grupo de adolescentes estaba caminando por una de las cuatro cuadras que rodeaba la manzana. Los veía lejos, pero su andar- en cómplice con Dios- lo estaba acercando más y más al lecho de la cuestión. Pudo notar que eran cuatro, todos con mochila, todos varones y todos con una sonrisa dibujada en su rostro.

Al pasar por al lado de ellos, escuchó a uno hablar. Era el más pequeño de los cuatro, este dijo:

-¡No a lo de Claudia, no!, ¡Mejor vamos a “Jamaiquina”!

Y no pudo contenerse. Paró de correr y se sentó en un banco. Se sacó la remera empapada, y la ató sobre la cabeza.

Las palabras del chico ese fueron como mil apuñaladas en su alma. Los recuerdos tan hermosos de aquella amistad invadieron su mente. Odió a su madre en ese momento, por hacerle venir a la plaza. Ella no tenía ni idea de lo mucho que le costó, durante todos estos años – precisamente tres años, aclaró el abuelo- poder olvidarse de ellos. Nunca notó el cambio en su hijo, estuvo que esperar dos meses para que le preguntara ¿y los chicos?, ¿por qué no vienen más a casa? Y, cuando le contó lo que pasó; el tiempo ya se había encargado de condensar todas sus angustias, todas sus penas, y fue muy fácil poder confesárselo.

Pero su corazón nunca aceptó la soledad. Esa maldita sensación que lo abrazaba en la noche y que lo saludaba en la mañana.

Trató de despejarse. Se levantó y se secó las lágrimas. Quiso retomar el trote, pero éste ya se había dado por vencido. Sólo le quedó dar un paseo por la manzana.

Su reloj de pulsera marcó las doce y treinta, era la hora de volver. No tardó en llegar a la casa. La mamá estaba haciendo empanadas de verdura. Al subir las escaleras, se le dió por volver a la cocina y preguntarle si había encontrado la foto:

- la foto, ¿la encontraste?

-Si hijo, descuida. No sólo encontré una, sino varias. Pero no quise dejarte sin ninguna, así que sólo me apropie de dos, ¿te parece bien?

- Si. Bien mamá, me voy a duchar…

-Mejor.

Ya estaba subiendo las escaleras cuando le gritó:

-¡Ah!, hijo, encontré una cosa que seguramente te va a importar. La dejé en la cama…

Al escucharla, se apresuró hacia la puerta. Sintió que le esperaba lo peor. La abrió con tanta fuerza, que la puerta rechinó y dio la sensación de que ésta se quejó. Corrió hacía la cama y se dio cuenta de que sus temores, crudamente pronosticados, se habían hecho realidad.

Un objeto de forma cuadrada, rodeado de un marco -sucio- de madera estaba posado sobre la almohada de la cama. Atrás del vidrio del portarretrato se hallaba la fotografía del sueño. Lo que no pudo responder su memoria, lo estaba haciendo ahora el presente.

La foto regalaba un momento feliz. Los cuatro sonreían de tal manera que parecían algo estúpidos.

Miró la foto unas cinco veces. Todas le dieron una sensación diferente. Sus ojos percibieron el fondo, el cual describía una ventana semiabierta con cortinas de color piel; casi asomándose, se reflejaba una de las cuatro patas de la mesa -en la que los chicos pasaban noches enteras jugando al truco, esclareció el abuelo- y se veía, también, una pared verde oscuro con varios graffiti dibujados.

La melena morocha de Joaquín era la que más resaltaba en la foto, sus ojos tristes (de un negro luminoso) se opacaban por la eminente cabellera. A la derecha, de perfil, y de una mirada seductora y penetrante, se encontraba Nando. A la izquierda, se reflejaba un chico de anteojos, rubio y con unos ojos celestes relucientes, ese era Serafín.

El último de la hilera era un Benjamín mucho más gordo que el de ahora. Se asombró de lo mucho que había cambiado.

Nunca quiso volver a ver esa foto. Nunca se lo esperó. ¿Por qué ahora? ¿Como encontró mamá esta foto?- se preguntó.

Tenía que saberlo.

Bajó las escaleras con una velocidad descomunal, y antes de llegar a la cocina, le gritó:

-¡Mamá!, ¿donde demonios encontraste esto? ¡Ya sabes lo que pasó y no necesito recordarlo!

Su madre, sin asombrarse en lo más mínimo de su actitud, le contestó:

-Esta bien, hijo; calma. Me pareció bien preguntarte primero antes de tirarla, porque sabes, estaba por hacerlo.

-¿Y que se supone que te deba hacer?- dijo furioso.

-Benjamín…sabes muy bien de lo que pienso al respecto, ¿no es así?- lo sentenció con la mirada.

-Lo sé, pero no lo voy hacer. Es sencillamente inútil hablar con ellos. Los chicos…- dijo titubeando- se olvidaron de mí. No me quieren ver más.

-¡Hay benjamín! sabes que no es cierto. ¿Cómo estas seguro de que ellos piensan igual que tú?

-¿Y como sería de otra forma sino?

-Mira, de lo único de lo que estoy segura es que eres un tonto por sólo conformarte con esas absurdas especulaciones. Además, ¿que pierdes en intentar hablar con alguno de ellos?

-cállate mamá.- estaba nervioso e irritable- no sigas. No me hace bien.

-Hablar con ellos te haría bien…

-No me animo mamá, además, nosé como hallarlos, no los encuentro.

-Descuida, ya tendrás el valor para hacerlo y si quieres te puedo ayudar a encontrarlos. Ahora almorcemos que se enfría la comida.

El almuerzo lo distrajo de ese portarretrato. La mamá por suerte, sacó el tema del viaje y eso lo alivió.

Eran cerca de las trece horas, y ya había terminado de lavar los platos. Subió a su alcoba con la intención de dormir una larga siesta, no quería escuchar absolutamente nada proveniente de lo exterior por un buen rato. Pero la ilusión se desvaneció en segundos.

Sonó el teléfono y escuchó a su mamá gritar:

-¡Hijo, Cindy esta en el teléfono!


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