jueves, 6 de marzo de 2008

Benjamín Díaz Y El Misterio De Los Enanos (capítulo 6)

El Vagón Del Tren

La noche del domingo estaba en camino. El auto iba a gran velocidad por la carretera. El chico todavía no sabía quien era la persona que los había salvado, e incluso, todavía no había tenido la oportunidad de mirarle la cara. Cindy en cambio, estaba radiante de alegría, conversaba todo el tiempo con la conductora, quien todavía no se había sacado los lentes de sol.

Benjamín -que estaba tirado en la parte trasera del coche- no sabía si interrumpirlas para preguntarles a donde se dirigían o preguntarles quien era Luz, como es que Cindy se había metido a la casa de los Asturias, que era lo que decía el papel que le entregó a Joaquín, porque estaba tan tranquila sabiendo que la policía los perseguía; dudas y muchas incógnitas se creaban en la mente de Benjamín. Y sin embargo, había una interrogante, un misterio, una duda que lo estaba atormentando con mucha más magnitud que las demás: ¿De donde había sacado Joaquín que él estaba muerto? ¿Cómo era posible que sucediera semejante disparate?

Sus pensamientos lo estaban consumiendo, su cabeza ardía de preguntas sin respuestas, a su cuerpo no lo sentía, estaba tan agotado que no podía hablar siquiera. Había sido, sin duda, el domingo más apasionante que había llegado a vivir el chico en sus diecisiete años.

Poco a poco, el atardecer se fue ocultando, aparecieron las estrellas y la luna tomo ese brillo único que la hace la reina y principal protagonista de la noche. Los ojos de Benjamín pedían un respiro, de a poco se fueron cerrando y el sueño se despertó en el chico. Las voces de las mujeres de adelante se iban haciendo cada vez más tenues y confusas. La noche se hizo borrosa y al cabo de unos momentos, todo se apagó. Quien sabe cuanto habrá dormido el pobre chico.

-Yo digo que durmió un día entero- interrumpió Herald.

-Yo digo que hasta medianoche- lo desafió Simón.

-De veras que no lo sé niños, pero si gustan pueden fijarle una hora, no tengo problemas; la historia no cambiaría en nada – propuso el abuelo. Nos hizo pensar y mucho, si bien era sólo fijar una hora del despertar del protagonista; para nosotros, niños de diez años, fue muy complicado- ¿Y niños? ¿Medianoche?

-¿Qué hora es?- pregunté.

-¿Ahora? Las 23:01hs, Tom.

-¿porqué no le ponemos esa?- consulté.

-Como quieras nieto. Bueno, eran las 23:01hs cuando Benjamín se dignó a despertar. Lo primero que alcanzó a ver fueron sus zapatillas, que estaban debajo de la silla del escritorio. Su habitación estaba iluminada con el velador, que brindaba una luz tenue, -muy tenue diría tu abuela, Tom- el chico giró el cuerpo para ponerse de frente al techo y se encontró con una Cindy adormilada a su lado. Estaba a punto de caerse cuando Benjamín logró sujetarla. La chica, con los ojos todavía cerrados y escondidos entre la almohada preguntó:

-¿Qué hora es?

- No lo sé. ¿Tú también te has quedado dormida?

- Hace media hora sí. Tu madre y Luz me tuvieron que ayudar para sacarte del auto, pesas mucho ¿sabes?

-Lo siento, es que estaba tan cansado; no escuché nada, me habré dormido profundamente.

-Ni que lo digas, pero descuida, no fue mucho- luego de las palabras de la chica, se produce una pausa muy larga. Las estrellas que se veían desde la ventana del cuarto, era el foco de atención de los dos adolescentes.

-Benjamín, ahora que te tengo despierto – le pregunta Cindy, sin dejar de mirar las estrellas- tengo que agradecerte por lo que has hecho hoy por mí. Nadie me ha salvado dos veces en un día ¿sabes?- y sonríe.

- De nada, pero yo también tengo que agradecerte y mucho; sin ti no hubiera llegado al despacho del director y no hubiera podido ver con mis propios ojos a Joaquín, ni escucharlo.

-Hablando de Joaquín ¿porque me preguntó si estabas vivo?

- El pensaba que estaba muerto; y no sé porque ni de donde sacó eso. Ahora que sacas el tema “Joaquín” quiero hacerte algunas preguntas…

- Entré por el garaje – lo interrumpió, sabiendo a que se referían las preguntas- la madre dejó la puerta abierta cuando fue a recibir a los paramédicos; yo que me encontraba atrás de un árbol, rezando por tu vida, vi esa oportunidad y la aproveché. Lo que le entregué a Joaquín era la foto que tú me habías mostrado, la saqué del portarretrato. Me pareció una evidencia perfecta para que él no dudara de mí y creyera en mi palabra; es tosco ¿sabes? Al otro lado de la foto, dejé tu número de teléfono y la dirección de tu casa, y como él era o es tu amigo, reconoció de inmediato esos datos. Me llamó hace una hora, ¡bah! llamó a tu casa y como no estabas, no tuve más remedio que hablar por ti.

-¡¿Qué?! ¡¿Llamó?!- ya no estaban mirando las estrellas, sino que estaban examinándose el uno al otro.

-Así es- confirmó la chica- me contó que habló con Nando y Serafín, ni bien desaparecimos de su casa. Ninguno le creyó, ya que como él, los tres te daban por muerto…

-¡¿Qué?! ¡¿Qué demonios?!

-…Arreglé para que se junten mañana, ¡bah! él lo propuso. Tienes que aprovechar lo poco que les quedan de vacaciones para contarse que han hecho cada uno estos tres años, recuperar el tiempo perdido; ¿entiendes?

-¡¿Me estas cargando Cindy?!

-Créeme, el también esta conmocionado con todo lo que pasó. Ver un muerto frente a sus ojos; nada lindo ¿no?

-¡Pero si yo no estoy muerto!

-Lo sé estúpido. Pero el pensaba eso de ti. No me quiso decir de donde había sacado eso…

-¿No le preguntaste por ese tal Ruiseñor?

-Fue lo primero que hice, pero no. Esta como negado a decirnos la verdad, aunque sea él me dio esa impresión.

-Se lo voy a sonsacar, aunque tenga que ser por la fuerza.

-Mañana a las 19hs te esperan en… en… ¿El vagón tres? ¿en donde solían jugar al mentiroso?

-Truco, donde jugábamos al truco. Y el vagón tres es el de un tren abandonado, que está junto con los demás tranvías, en el ferrocarril de calle Racedo. Solíamos juntarnos todos los viernes a medianoche… Pero eso no viene al caso, ¿no te dijo nada más? ¿No habló de mí?

-Apenas podía tartamudear, Benjamín. Pero quédate tranquilo, mañana te sacarás todas las dudas, los tendrás a los tres juntos para asesinarlos con preguntas; yo no tengo la verdad en la boca. ¿Entendido?

-Esta bien, esta bien; perdóname. Ahora cuéntame sobre esa tal Luz, ¿Quién es?

-Es una gran amiga mía, de toda la vida. No la veo mucho, pero siempre está, tú pudiste verificarlo con tus propios ojos, ¿no es cierto?

-Si, pero lo raro es que se apareció de la nada, como caída del cielo.

- Bueno, no fue tan así. Cuando tú estabas trepando el balcón, yo estaba tratando de ocultarme en algún árbol de la esquina, y ahí fue cuando ella pasó en el auto. Paró y, lógicamente me preguntó que andaba haciendo por esos lados, no es de todos los días verme por aquellos lugares ¿sabes? Y le conté lo que estábamos tramando, y si bien no me entendió mucho la cuestión; le supliqué que se apareciera por si las moscas dentro de un rato en el lugar que nos recogió… confío ciegamente en Luz, nunca dudé en que me iba a fallar. Ella te conoce, y ahora que lo pienso, no es fácil desconocerte ¡Pues claro! si eres amigo de ¡Los Leones De Comercio!...

- ¿Ella va a mi escuela?

-Así es, tú no digas nada pero, ella no quería que la reconocieras…

-¿Porqué? ¿Que tiene de malo?

-No lo sé… pero cuando te dormiste gimió de júbilo. Pudo sacarse los lentes, ¿entiendes?

-No, no la entiendo ¿Qué tiene de malo que yo la conozca?

-No me lo quiso decir. Pero deja de traer “peros” y “porque” a todo lo que te digo.

-Como digas.

La noche se hizo eterna, les costó mucho a los dos conciliar el sueño. La mamá, ya por la mañana, atropelló la habitación con el desayuno:

-¡Ups! Perdón, pensé que estabas sólo hijo.

-Y yo pensé que este era mi cuarto; debí haberme quedado dormida. Lo siento - excusó Cindy.

-¿Qué hora es mamá?

- Diez y cuarto del lunes, jovencito. ¿Te contó tu amiga lo difícil que fue para tres mujeres, sacarte del coche? Habrás trabajado mucho para el práctico de Ecología, ¿verdad? Por cierto, buena gente es esa compañera tuya, ¿Luz se llamaba?

-¿Luz? ¡Ah! Si mamá, es buena gente- el chico le clavó la mirada a su amiga, la cómplice. Luz, Luz, luz. El nombre de la chica se repetía una y otra vez en la mente de Benjamín, en el último rato la habían nombrado demasiado para pasarla como dato menor o relevante. Si llegaba a preguntar por ella, Cindy pensaría, suponiéndose de una adolescente chismosa, que lo juzgaría con otras intenciones. No queriendo llegar al punto de un escándalo estúpido dejó pasar las preguntas a su amiga y se guardó sus dudas en ese cajón mental; que pronto, si seguía así, podría estallar.

Arreglaron verse a las 18:30hs e irse a pie hasta el ferrocarril. Esa hora no tardó en llegar, Cindy estaba lista; tocó el timbre de la puerta principal, el chico, que se desenvolvía tranquilo pero con unos ojos ansiosos que decían lo contrario. Salieron en segundos del recinto.

Así, los dos estaban se yendo hacía el encuentro; al reencuentro. El chico no quería pensar, no quería recordar, sólo se concentró en la nada misma, en dejarse llevar, dejó en ese instante la conciencia dormida, despertó su inconsciente e hizo lo que quiso con el. La vereda se transformó en arena, las cuadras en un desierto de cientos de kilómetros y los segundos parecieron horas. Su amiga se volvió invisible y en la mente de Benjamín la película comenzó a rodar: las luces se apagaron, las imágenes aparecieron y los vagos recuerdos, lejanos, ya casi sepultados, cobraron vida. Risas de Joaquín, palabras de Serafín, gestos y muecas de un Nando feliz, las miradas cómplices de los cuatro, se hicieron protagonistas en la memoria del chico. Sintió unas ganas inmensas de verlos. Iba a poder tocarlos, abrazarlos, iba a tener la oportunidad de hablarlos y mirarlos; pero más que todo, por fin, iba poder escucharlos. La mirada perdida del chico delató su aventura; la chica asustada, le habló:

-¡Benjamín! ¡Por Dios! ¿Me escuchas? – Tuvo que golpearle para que reaccionara- ¡Hemos llegado! ¡Despierta!

-¿Eh?... ¿Si?... ¿llegamos?

-Ferrocarril de calle Racedo, aquí es. ¿Te encuentras bien? Te noto un poco distraído…

-Son sólo nervios, nada más.

- Descuida, todo va a ir bien.

-Eso espero- y largó un hondo suspiro. Ya no estaba en el pasado; el presente lo azotó con un huracán de nervios, le sudaban las manos y su pelo parecía estar recibiendo una descarga eléctrica. Recorrieron todo el ferrocarril. Benjamín reconoció el tren que contenía ese vagón tan significativo y al entrar, el chico cayó en una lamentable realidad. Se estremeció al ver el vagón III oxidado, sucio, con charcos de agua en el piso, agujeros en sus laterales; frío y abandonado. Nada parecido a lo que recordaba Benjamín. ¡Como lo cuidaban esos chicos al vagón! ¡Mas que a su propia casa! ¡De que manera lo habían protegido! Ahora, todo se había derrumbado. Se preguntó si alguno de los cuatro habría vuelto alguna vez, sólo con la intención de recordar los momentos vividos y de lo felices que fueron.

Cindy yacía muda atrás del joven, movía la cabeza para todos lados, como buscando a los tres muchachos. Pero nadie estaba allí. No habían llegado todavía, o quizás nunca vendrían.

-Benjamín, ¿los chicos? Creí que serían puntuales…

-¡Aquí estamos! –dijo una voz extremadamente grave, tartamuda, pero muy clara. Serafín mostraba ahora, luego de tres años, una melena larga que le llegaba hasta los hombros. El brillo del rubio de su cabello resaltaba de una manera imponente. El chico se había aparecido en la puerta del vagón. Benjamín y Cindy, que se encontraban de espaldas al sujeto, se estremecieron al escucharlo. Este habló:

-El vagón III ya no es lo que era. Nos pareció correcto cambiarnos al V, ya saben… acá esta todo oxidado y mojado- el chico ya no tartamudeaba.

-Serafín- dijo Benjamín. Todavía se mantenía de espaldas al sujeto. Serio, con miedo pero muy decidido, le habló: ¿No vas a saludar a un ex amigo tuyo? Hace tres años que no nos vemos… ¿O acaso sigues pensando que soy un fantasma?- y no pudo contenerse más, se echó a llorar; y al verlo, su amiga lo siguió en el sollozo.

Serafín, estupefacto, tragó saliva; extendió los brazos hacía arriba y se le acercó unos pasos. Le habló:

-¿Un león llorando? ¿Cómo puede ser? Los leones no lloran, rugen – y soltó una sonrisa. Benjamín, que lo observaba desde su hombro de reojo, se dio vuelta y le dio un fuerte apretón.

Ese abrazo hizo sonreír a Cindy, testigo del reencuentro, protagonista de la búsqueda.

-¿Me llevas con los demás?- le propuso el chico a Serafín.

-Desde luego- Y así, sin soltarse, abrazados, se encaminaron hacia el vagón V. Un lugar no demasiado diferente al anterior, pero por lo menos en este se podía respirar el aire que provenía de los pastizales del predio, ya que la ventanilla, por milagro, no estaba atorada. No había charcos ni polvo.

Al entrar, fueron aturdidos por un grito de exclamación. Alguien se había asustado. Se escucharon risas. Benjamín no tuvo tiempo de reaccionar, sintió que alguien le daba un beso muy fuerte en la mejilla, que su mano se apretaba con otra y que el pelo se le despeinaba a manotazos.

-¡Benjamín!- exclamó de júbilo Nando.

-¡Ahí estas ladronzuelo! ¿Así que por el balcón? ¿Eh? – exclamó un sonriente Joaquín.

-¡Increíble! ¿Y seguía llorando?- interrumpió Simón.

-Si, Simón, pero de alegría, de felicidad- respondió el abuelo.

-¿Se llora también por eso?- preguntó Herald, desconcertado.

-Si, desde luego, y Benjamín lo hacía muy bien. El chico, que no caía todavía de la gran nube que lo cegaba, sólo atinó a presentar a su acompañante:

-Ella… ella es…

-Cindy… me llamo Cindy- lo interrumpió- ¿Así que ustedes son los famosos “Leones de la Comercio”? Muy reconocidos por cierto… mis amigas hablan todo el tiempo de ustedes.

- Solo somos parte, sólo una parte del equipo- objetó Nando.

- Creo que tenemos mucho de que hablar ¿no les parece?- dijo sin basilar Benjamín- Quiero saber… quiero saberlo todo.

-¿Todo?- preguntó Joaquín.

-Así es.

-¿Te acuerdas Benjamín, que estuviste enfermo? - interrogó Nando.

- Muy enfermo digamos, no sabíamos lo que te pasaba- siguió Joaquín- pensamos que sólo era una gripe; nada de que preocuparse ¿entiendes?

- Pero…

-Pero los días pasaban- lo interrumpió Nando- las semanas también y nos empezamos a preocupar, a preocuparnos por ti. Fuimos a tu casa, y tu mamá nos dijo que estabas muy bien, de veras muy bien, que no ibas a poder ir a la fiesta, por miedo a que la gripe regresara; pero que pronto estarías con nosotros, con el equipo. Nos lo prometió ¿Sabes?

-Mamá nunca me aviso de esa visita. Nunca me insinuó nada… No lo sé… ¿Por qué ella me ocultaría eso?

-¡¿No?! ¡¿Estas seguro?! Nosotros no te mentimos Benjamín, sería muy estúpido de nuestra parte- espectó Serafín.

-Ese día, me acuerdo – siguió Joaquín- tu mamá nos dijo que dormías y que no sería bueno despertarte.

-Escúchenme, mamá me hubiera dicho que ustedes me visitaron; de eso estoy seguro, sino ¿Por qué me lo ocultaría? Ella sabía lo triste que me ponía al ver que los días pasaban y no sabía de ustedes… ella entendía mi angustia y hubiera hecho cualquier cosa para sonsacármela; aunque significara imposible realizarla. Ella quería y quiere verme feliz, pero lo cierto es que le prohibí, le obligué a que no los buscara, ni que los llamara… porque no sería digno de mí. Mi moral no lo hubiera permitido. El hecho de que ustedes no se aparecieron durante los días que estuve enfermo fue muy duro para mí; me sentí solo y abandonado. Luego me recuperé, me puse bien, y lo primero que hice fue buscarlos… y de ahí ya no sé mas nada, o mejor dicho, no entiendo nada.

-Benjamín, escúchanos- lo interrumpió Serafín.

-¡NO! ¡No voy a permitir que juzguen a mamá de mentirosa!- el chico estaba en llamas. Sus ojos brillaban en lágrimas. Toda su angustia, su tristeza y su lastimosa infelicidad se transmitían en aquellos ojos turbios, ya perdidos por el pensamiento y la impotencia que dejaban la incertidumbre y la soledad.

-Nadie dijo eso Benjamín, por favor escúchanos- intervino Nando.

-Si Benjamín, escúchalos… ¿no crees que es mejor?- dijo Cindy. La chica, que había permanecido como espectadora hasta ese entonces, abrazó a su amigo, le secó las lágrimas y le susurró al oído- Vinimos para eso… escucha lo que tengan para decirte.

-Esta bien- dijo Benjamín, ya casi sin vos; resignado y atormentado. Lo único que pedía el chico era una explicación, o tal ves una disculpa, que sea verídica o por lo menos creíble. Su convencimiento de que aquellos tres sujetos le decían mentiras se hacía cada vez más grande.

- Al día siguiente de la visita a tu casa - comenzó a explicar Nando- mi padre recibió un sobre; lo habían dejado en el buzón de casa un día antes de la fiesta de Jacob. El papel era una oferta de empleo para una importante empresa automotor. Mi padre quedó tan fascinado que no le importó mudarse a Concepción del Uruguay, como seguramente ya lo sabrás. El problema no era mudarnos, si no el tiempo que nos habían dado para hacerlo. En tan solo dos días teníamos que dejar Paraná, y no había otra opción. Traté de encontrarte por cielo y tierra, te llamé pero nunca atendieron. Había momentos en que me daba ocupado toda la tarde; no entendía mucho ¿sabes? Tenía que despedirme, y decidí ir hasta tu casa. Luego de bajarme de dos colectivos me encontré con tu puerta ¿y sabes qué? Jamás me atendieron, nadie; ni los vecinos sabían que le pasaba a la familia Díaz. Era todo de lo más extraño, me asusté mucho. De un día para el otro habías desaparecido. No tuve más tiempo de buscarte, al otro día partí. Al llegar lo primero que hice fue llamar a Serafín… él fue quien me contó…- tragó saliva- me contó todo.

-¿Todo? ¿Todo que? – preguntó Benjamín.

-Me dijo que habías muerto… -tragó de vuelta saliva- que falleciste a causa de esa enfermedad el mismo día que me fui a Concepción. No entendía nada, no…

-¡¿Muerto?!- lo interrumpió- ¡Serafín! ¿Cómo pudiste ser capas de inventar semejante cosa? ¿De donde sacaste esa mentira de más mentirosa? ¿Con que derecho…?

-¡Espera, espera!... –gritó el acusado- ¡déjame contarte lo que pasó! yo tampoco entiendo nada ¿sabes? ¡Estoy más confundido que tú! Después de ir a visitarte, al otro día, llamé a tu casa y tu mamá me dijo que habías empeorado, que estabas muy mal. Quise ir a visitarte peor ella me lo prohibió; me confesó que tu enfermedad era muy contagiosa y que el médico le tenía terminantemente prohibido las visitas. ¡Imagínate como estaba yo! Preocupadísimo, y con la angustia de no poder verte. Tu mamá me confesó a sollozos, que el día anterior nos había mentido, que no estabas de lujo como ella nos había dicho, sino todo lo contrario, lo hizo para que no nos preocupáramos. Seguí llamando, desde luego; tenía que saber de vos. Pasaron tres días y las noticias eran las mismas: tú estabas cada vez peor; imagínate que ya me había acostumbrado al llanto de tu madre por el teléfono.

Al cuarto día-el rubio bajó la cabeza, miraba perdidamente el suelo, suspiró- supe lo de tu fallecimiento. Tu madre casi sin voz me hizo llegar la noticia- los ojos del chico se le llenaron de lagrimas, seguía perdido entre el piso del vagón. Joaquín, temeroso, tomó la palabra.

-Antes de que interrumpas Benjamín, quiero contarte mi versión; lo que yo viví al enterarme de la noticia- Nando sujetó a Serafín y lo apartó hacía un costado. Benjamín y Cindy, que se encontraban parados observando a los dos chicos, se enfrentaron con Joaquín.

-Yo supe de vos al tercer día de la visita, es decir que todavía no me había llegado la noticia de que habías muerto- el chico hablaba en voz muy baja y cortante- no sabía que hacer, me sentí horrible. Fue como si la angustia de todas las personas que sufrieron en este mundo se posaran en mí. No caigo todavía que estas acá, con nosotros…

-¡Blah, blah, blah!- interrumpió Benjamín a gritos- ¡Pues claro que estoy vivo! ¡¿Van a decirme que velaron mi cuerpo también!?! ¡¿Qué había en el cajón?!

-No, no hubo funeral. La carta decía- Nando, que se había mantenido alejado de la conversación intervino- que no querías funeral, ni que nadie se enterara de lo que había pasado.

-¿carta? ¿Qué carta?

-En realidad no era una carta; en un papel, así como cumpliendo la función de testamento, pusiste en claro tu última voluntad. Era tu letra Benjamín, nosotros mismos la comprobamos.

-¡¿Por qué yo escribiría eso en un papel?! Es absurdo.

-Mira, lo único que es absurdo es que sigamos revolviendo lo que fue y lo que no fue. Lo importante es que ahora estas acá. No sigamos discutiendo, vamos…

-¡NO! Cállate Nando, tu no viviste el infierno que yo padecí. Ahora Joaquín, me acuerdo de algo que nos dijiste por el teléfono… ¿Quién es Ruiseñor?

-¿Ruiseñor?

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